Yo también fui
espectadora de
mi propia vida.
Recuerdo perfectamente el olor de esa oficina y el nudo en el estómago que ya era parte de mi uniforme. Miraba vuelos en la pantalla intentando escapar mentalmente de esas cuatro paredes.
Ese ataque de ansiedad no fue una enfermedad. Fue mi cuerpo gritándome que no podía aguantar ni un segundo más viviendo una vida que no era la mía.
Hoy trabajo desde donde quiero, viajo sin pedir permiso y ayudo a otras personas a hacer lo mismo. No porque sea especial. Sino porque tomé la decisión de no esperar más.
Pedir permiso para vivir
Trabajar para los sueños de otro
Ansiedad como uniforme
Decidir dónde estar cada día
Construir algo completamente mío
Bali, Japón, y lo que venga